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EDITORIAL

MAS SOBRE LA PROFESIONALIZACIÓN

Esta glosa de hoy podríamos volver a titular «TENÍAMOS RAZÓN», como así encabezábamos la que figuraba como editorial del nº 4 de «MILICIA»; y, así, se podría volver a reseñar la llamada de un contenido que si no fuese por huir de las repeticiones innecesarias podríamos reproducirlo íntegramente. De todas formas, para centrar el contenido de éste de hoy, remitimos al lector -y le recomendamos lo lea- al editorial citado del nº 4 de «MILICIA» porque tanto en uno como en otro se contemplan aspectos parciales de un mismo problema: el fracaso, (esperado), del nuevo modelo de «servicio militar» que pasa de ser de tipo obligatorio -de acuerdo con lo preceptuado en la vigente Constitución y que se remontaba a principios del siglo que termina- a serlo de carácter voluntario bajo la discutible denominación de «profesional». Pero entremos en los aspectos de este común temario que hoy queremos resaltar.

Basamos la glosa de hoy en los datos -y comentarios, claramente «inducidos»- que pudieron leerse en el amplio reportaje que ofrecía ABC el pasado 8 de noviembre de 1999. Después de él han aparecido en ésa y en otras publicaciones comentarios y noticias convergentes con los mismos criterios, pero sólo nos atendremos al citado. Eludimos incluso citar las cifras de soldados demandadas por los partidos de la oposición

-PSOE e IU- e igual hacemos con las reclamadas por CiU, que no «desmerecen» de las que esos otros pedían. Nos ceñiremos a la simple reproducción del resumen propio que ABC ofrecía sobre el caso debatido. Era éste:

«Defensa elabora un nuevo reglamento que facilitará aún más el ingreso en las Fuerzas Armadas para ser soldado o marinero profesional.

«La edad tope para ingresar en los Ejércitos aumentará hasta los 28 ó 30 años, en lugar de hasta los 26.

«No se requerirá el graduado escolar para entrar en todas las especialidades.

«Habrá diferentes baremos respecto a las condiciones físicas requeridas para ingresar, según los destinos.

«Defensa estudia el posible acceso de discapacitados a determinadas especialidades de las Fuerzas Armadas.

«A largo plazo, el Parlamento podría plantearse la admisión de inmigrantes en las FAS.» (El subrayado de estos párrafos es nuestro, que quede claro).

Y los hemos subrayado para evidenciar algunas las claves del equívoco sobre el que está montado eso de los «soldados profesionales»: un profesional, sea cual fuere su profesión o actividad -sea militar o civil- no puede ser una persona con discapacidad, poca o mucha. ¿Se imagina alguien que para aumentar el número de guardias civiles, de policías nacionales... o de bomberos, se admitiese a quienes sufriesen ciertos niveles de discapacidad física o mental? Pues igual debiera suceder con unos pretendientes a ser soldados profesionales que -según los panegiristas del cambio copernicano del servicio militar -deben serlo así porque los nuevos Ejércitos se basan en entrenamientos muy exigentes, han de manejar armas sofisticadas de difícil enseñanza y aprendizaje, han de ser muy disciplinados y han de tener «reflejos» envidiables para acertar en el cumplimiento de los servicios a ellos encomendados, etc., etc.

Se dirá -se dice ya a las claras, expresamente -que esos posibles discapacitados no estarían destinados a servir ni a disponer de los sistemas de armas más complejos o sofisticados; que se les destinaría a ser «masa» para nutrir unidades, destinadas en ellas a tareas y cometidos muy sencillos, pero esto, ¿qué es si no un renuedo -por otro lado carísimo- del simple recluta de otros tiempos, entre los cuales se seleccionaba a los más aptos para servir los sistemas menos accesibles a la «masa»? Lo que se oculta es muy sencillo de descubrir: el «modelo profesional» no cuaja, no se acepta popularmente, no da los resultados por algunos esperados. Lo cual no nos sorprende aunque sorprenda -es un decir- a quienes lo han patrocinado sin más razón objetiva que ésta: el electoralismo de los partidos políticos, todos ellos sin excepción. Un «patrocinio» que «justifican» de este modo también cínico: ante las corrientes de pensamiento, costumbres, modas, tendencias y «culturas» que hoy prevalecen entre la juventud, -de inspiraciones nítidamente antimilitaristas- se hace necesario «liberarla» de la obligatoriedad del servicio militar y, en consecuencia, hay que ir al modelo del «soldado profesional» voluntario. Ocultan, simultáneamente, que ese antimilitarismo no ha nacido y no se ha implantado entre la juventud por generación espontánea; que ha sido «cultivado» con exquisita «docencia», en profundidad y con una reiteración expresa y agobiante. Por igual consecuencia de ese mismo «cultivo» ¿quien podría esperar otra cosa? no hay suficientes voluntarios para cubrir los efectivos necesarios de soldados profesionales, a menos que se les pagasen cantidades exorbitantes -cosa imposible por razones presupuestarias- pero que, además, de hacerlo, de poder hacerlo, transformaría a esos profesionales en puros mercenarios dentro de su propia Patria. De ahí a tener que recurrir a discapacitados, a las mujeres y a los inmigrantes, sobre los cuales seguidamente hablamos.

No somos «machistas» y por ello mismo no excluimos a la mujer en el servicio de las armas; pero con igual rotundidad -y con absoluta sinceridad y racionalidad- debemos afirmar que la naturaleza discierne a hombres y a mujeres, no los iguala ante determinados cometidos, y por tanto el político no puede ir en contra de las leyes inexorables de la naturaleza. No dudamos de la valentía y del coraje de la mujer -a diario lo demuestran en tantas y tantas facetas de la vida- pero hay tareas penosas para las que la mujer no está estructurada físicamente. De ahí que aún dentro de las Fuerzas Armadas la mujer, en su inmensa mayoría, no pueda aspirar a participar siempre y en todos y en cada uno de los cometidos como soldado; podrá participar en algunos pero no en todos. El recurrir a su reclutamiento para compensar el absentismo masculino es otro error a la par que una vergüenza para los hombres.

En cuanto al posible y futuro «recurso» de alistar a los inmigrantes (nuestro otro «subrayado» anterior) sería algo sencillamente vergonzoso porque demostraría la falta de voluntarios entre los españoles. En la Ley de 1989 se prohibió el alistamiento de extranjeros en la Legión, que desde su fundación, en mayor o menor proporción, siempre los tuvo; fue una de sus características y una de sus glorias por el resultado que dieron. Pero la Legión es un cuerpo especial, especialísimo y en él cupieron y cabrían esas excepciones, gloriosas excepciones. Pero tener que recurrir a pobres inmigrantes sin trabajo, sin cobijo y sin vocación militar para nutrir lo que los nacionales no cubriesen en las unidades diferentes a las de la Legión, sería sencillamente vergonzoso.

El tiempo nos dará la razón porque, guste o no guste a los políticos, el modelo «profesional» tendrá que ser reconsiderado a fondo y cuánto más tarden en rectificar será peor.

No se trata de volver al sistema anterior en su exacta configuración. Es cierto que las complejidades modernas obligan a otros modelos de Ejércitos, pero también estos nuevos modelos (por su alta tecnificación, por sus altos porcentajes de profesionales y de voluntarios y, sobre todo, por sus reducidos tamaños) precisan de reservas entrenadas, bien estructuradas y con capacidad de ser alistadas al servicio activo en casi horas, no en meses. Por otro lado, las disponibilidades presupuestarias no permitirían jamás considerar al 100 por 100 de sus componentes como profesionales pagándoles lo que éstos se merecen. Por unas, otras y otras razones, habrá que ir al modelo de FAS que en «MILICIA» siempre hemos postulado:

-Un núcleo, de dimensión adecuada, de verdaderos profesionales, bien pagados y bien cubiertos jurídicamente como tales.

- Un núcleo mayor de voluntarios -muy especialmente en unidades de alto riesgo o de inmediata utilización- también bien pagados (aunque algo menos que los profesionales) y alistados por plazos lógicos, entre 2 y 5 años, al termino de los cuales se licenciarían u optarían por la profesionalidad. (*)

- Otro tercer núcleo, también importante, compuesto por soldados de leva -es claro que también pagados sin tacañería- que estarían unos cuatro meses (mes y medio para instrucción básica y otros dos y medio en unidades para completar su adiestramiento) tras lo cual se licenciarían y pasarían a ser reservistas. (Cada Ejército estructuraría esos tres «núcleos» de la forma y proporciones específicas que cada uno de ello requiriese). Reservistas imprescindibles en unos Ejércitos que por estar compuestos mayoritariamente de profesionales y de voluntarios, por esta misma composición, no generarían por si mismos esas reservas si no se recurriese al núcleo de los de leva.

Lo curioso de este modelo es que es posible llevarlo a cabo aún sin cambiar la reciente «Ley de Régimen del Personal de las FAS»; bastaría utilizar su previsión de «reservistas obligatorios» -eso si, sin darle carácter de excepcionalidad- para reclutar esas levas dándoles la calificación de adiestramiento de tales reservistas. Y obviamente, (en sus otros núcleos), distinguiendo con nitidez entre profesionales y voluntarios; lo que también es bien posible dentro de la Ley.

Creemos -y no es adulación- que el Ministerio de Defensa no es culpable de la implantación del «modelo profesionalizado al cien por cien», pues aun con «fervores» más o menos extendidos en su seno -y en el de algunos cuadros de mando, que también los hay- se ha limitado a gestionar y articular el «modelo» diseñado por los políticos. Pero a diferencia de lo dicho en su día por Clemenceau, lo relativo a la defensa nacional no puede dejarse en las manos exclusivas de los políticos pues les sobran intereses partitocráticos y les falta un sentido profundo de Estado. Es hora, por tanto, de que todos recapacitemos y a quien corresponda que entone el «mea culpa» de los errores cometidos y proceda a su corrección. (O al menos que se apreste a demandar públicamente esa corrección).

Una corrección que no debe consistir en organizar el macro homenaje que se prevee -ya se conoce sobradamente- dedicado al soldadito de leva cuando éste haya pasado a la Historia; un homenaje así no haría sino demostrar la existencia de una mala conciencia en los políticos. (E ingenuidad de quienes lo aplaudan y con él se emocionen).

Y terminamos con esta frase -publicada en el mismo diario citado al principio debida al comentarista Luis Ignacio Parada: «Hoy, cuando la paz es el reto más noble de la inteligencia, la profesionalización de la milicia se convierte en un avance moral que nos permite mirar al futuro con esperanza». No le tuvo Dios de su mano al autor al escribir tamaña estupidez; totalmente de acuerdo en la aspiración a la paz pero que mire a la Historia del declinar de Roma y comprobará justamente el resultado contrario cuando las legiones estaban integradas por mercenarios; y si de ese declinar retrocede a los siglos de gloria romana comprobará cómo cuando todos los ciudadanos romanos nutrían esas legiones como timbre de honor la gloria de Roma, la expansión de su cultura, su futuro y sus esperanzas estaban aseguradas. Pero esto acaso sea demasiado pedir a un comentarista de a diario.

(*).- Y que al licenciarse obtuvieran certificados idóneos para su reinserción en la vida civil.