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EDITORIAL

TENIAMOS RAZON

Recientemente, han circulado cifras sobre el rechazo al agonizante Servicio Militar Obligatorio, teóricamente aún vigente.

Las cifras, parciales, si fuesen ciertas serían de escándalo: de los casi 400 mozos de una determinada demarcación geográfica, sólo se presentaron 4; de otra, con unos 90 llamados a filas, solo lo hicieron 7. En otras demarcaciones no se llegó a tanto, ciertamente, pero también se registraron cifras muy altas en las no presentaciones.

En la mayoría de estos casos, al parecer, no medió siquiera la consabida excusa de la "objeción de conciencia"; simplemente, no acudieron al llamamiento. No sabemos si a tales "insumisos", pues de hecho lo son, se les ha reiterado la llamada e igualmente ignoramos si se les piensa llevar a los cuarteles mediante el sistema legal que corresponda, aunque estamos por apostar fortísimas sumas a que se va a "mirar para otro lado", en tan espinosa cuestión.

Se asiste a un gravísimo dilema: por un lado, al haber anunciado a bombo y platillo, durante años, la próxima supresión del servicio militar obligatorio, pero prolongar su vigencia por otros tantos años, los "mozos", bombardeados por campañas antimilitaristas e inmersos en un clima social hedonístico e insolidario, se resisten a acudir a algo que va a ser suprimido. Por otro lado, al no disponer de recursos económicos suficientes, tampoco fue ni es posible pasar sin aplazamientos a la ponderada "mili" profesional para el total de los puestos, teóricamente suficientes, necesarios para la defensa nacional, que han sido programados y consensuados por los políticos. Y nos tememos, además, que para eludir ese grotesco espectáculo de "insumisión" global, se vaya a acelerar la "profesionalización" total, si bien rebajando drásticamente el número de plazas a cubrir, es decir, rebajándolas hasta el límite que los presupuestos permitan. Lo cual, es claro, no tiene por qué coincidir con el número adecuado para que la defensa nacional quede asegurada. ¿Consecuencia? :indefensión.

Una indefensión que algunos políticos nos asegurarán que no se dará, pues para eso están nuestras alianzas internacionales. Es decir, que pretenderán trasladar a nuestros aliados la responsabilidad de nuestra defensa. Queda por ver si éstos aceptan tan "glorioso" relevo, pues, si ciertamente hay intereses comunes a todos los aliados que todos están prestos a defender, puede haber intereses específicos de España a cuya defensa los otros ejércitos aliados no estén obligados.

No vamos a insistir en lo ya dicho en anteriores números de MILICIA sobre nuestras discrepancias ante la total profesionalización del servicio militar. Tampoco vamos a recapitular sobre el modelo alternativo que proponíamos en esos mismos textos, una cierta proporción de profesionales, otra de voluntarios, que no es lo mismo que profesionales, y el resto recluta obligatoria para pasar prontamente a la situación de reservistas.

Pero sí debemos insistir en algo de lo ya dicho: la profesionalización total obedece más, mucho más, a razones políticas y electoralistas, que a motivaciones técnicas, estrictamente castrenses, de una mejor capacidad defensiva, ni a corto ni a medio ni a largo plazo.

Desde ese apriorismo condicionante, todo se ha echado a rodar, marginando fortísimos argumentos racionales, dando de lado elementales razones de solidaridad social y nacional y sin tener en cuenta insoslayables cuestiones financieras de alcance estatal.

Ahora, quienes son exponían las supuestas bondades de tan inspirado sistema, empiezan a estar aterrados ante el espectáculo que, por cierto, "maquillan" torpemente.

Pero apostamos a que no lo reconsiderarán. Les va en ello una importante baza electoralista, a todos, como para prescindir de "su" sistema. Preferirán acelerar como sea la total profesionalización, aunque para ello no se llegue ni a la mitad de los soldados programados.

Constataremos esa predicción en las próximas elecciones generales.