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EL DERRUMBE DE LA SEGUNDA REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL
(Ediciones Encuentro. 2001)

PIO MOA

Pío Moa finaliza con esta obra, ciertamente transcendental, lo que podríamos considerar una trilogía. Los orígenes de la guerra civil española, los personajes de la segunda república vistos por ellos mismos, y la que ahora nos ocupa. Trilogía que no sólo resulta esclarecedora, sino de una claridad prístina en el análisis serio, documentado y realista, de un período posiblemente trágico como ninguno en la historia de España.

Una característica de Moa puesta de manifiesto no sólo en dichas obras, sino en sus artículos periodísticos, en sus conferencias, en debates televisivos, es el desapasionamiento. La escueta y concisa explicación de los hechos son fruto del análisis de los mismos, de forma razonada y analítica; lejos por tanto del apasionamiento y de la manipulación consciente de los hechos. Tal vemos a diario en pretendidos historiadores, cuando en verdad su calificativo justo sería la de propagandistas.

"El derrumbe de la segunda república y la guerra civil", es, aun considerando la enorme aportación de sus anteriores obras citadas, la que representa el mayor esfuerzo de síntesis y de exposición. Esfuerzo considerable de documentación, de análisis, de estudio. Y no se sabe que causa más asombro, si el conjunto de esas circunstancias, o el rigor en su tratamiento. Continuando en la línea de sus anteriores obras comentadas, Moa con la exposición objetiva de los hechos, deshace tópicos, y destruye leyendas alimentadas vorazmente no por la ignorancia, sino por la manipulación consciente; manipulación que en consecuencia lógica al ser unidireccional aprovecha la ignorancia, aumentando sus nefastas enseñanzas.

Así uno de los mayores manipuladores, el pseudohistoriador Preston -mejor sería hablar del propagandista Preston- aupado artificialmente merced a campañas periodísticas, queda en su lugar: embustero y mendaz. Ejemplo: al tratar de la comisión de actas del Congreso, después de las elecciones de febrero de 1936, cometiendo las mayores arbitrariedades, y de la que Preston asegura que "favoreció a la derecha". Sería algo similar a afirmar que Stalin era un feroz defensor de los derechos humanos.

Explica Moa cómo los prestigios de Tuñón de Lara, descaradamente marxista, han caído un tanto, junto con el muro de Berlín, pero han tomado su relevo los tendenciosos Santos Juliá, Ángel Viñas, Antonio Elorza y otros con Preston como figura principal. El caso de Preston es singular pues ha recibido singular apoyo en la izquierda, pero, acertadamente, comenta Moa, también en un sector de derechas deseosos de lavarse una hipotética mancha del franquismo.

Si la figura de Azaña quedaba nítidamente retratada en las obras citadas de Moa, en esta aparece aún con más claridad, reflejando ciertamente su innegable inteligencia -de nuevo la evidente objetividad del autor- pero también su rencor, su desprecio, su soberbia. También la complicidad del hombre lleno de fatuidad que fue Alcalá Zamora, en su actuación de hostilidad continua hacia la derecha, y en la destrucción del centrismo que podía actuar, aunque fuese de leve amortiguador, entre la derecha y la izquierda. Companys, al que ahora se ha querido homenajear dando su nombre al Estadio de Montjuïc, aparece en su verdadera dimensión, buscando la insurrección armada contra la propia legalidad republicana. Al igual que la controvertida figura de Prieto, ciertamente de reconocida inteligencia, pero maniobrero y oportunista, e inspirador de la revolución sangrienta de Asturias. Precisamente sobre la "represión" de los sucesos de Asturias, arma privilegiada de la izquierda para justificar posteriores desmanes, Moa de forma implacable, con el estudio de los hechos la reduce a sus verdaderas dimensiones. Y analiza la inconcreción de la mayoría de los horribles sucesos, reales sólo en la imaginación. Denuncia cómo al citar casos, en vez de estudiar hechos concretos, se habla de forma vaga e imprecisa, de las torturas de un tal Álvarez, o de una madre -sin nombre y apellidos- que ve matar a sus hijos, y de que en algunos pueblos se torturó y fusiló, sin citar hechos, lugares, fechas, etc.

Una de las secuencias más importantes de la lectura de "El derrumbe de la segunda república y la guerra civil", es la exposición clara y sin paliativos de cómo toda fuerza considerada derechista, y posteriormente denominada fascista, era hostilizada, perseguida y atacada violentamente, a veces hasta con el crimen. Los republicanos de izquierda, cerraban los ojos o se mostraban comprensivos. El socialismo instaba a la violencia y al exterminio en una postura claramente leninista de eliminación de una clase, al estilo de la revolución rusa.

Deshace Moa el tópico de que en España, salvo paréntesis desde principios del siglo XIX, ha gobernado siempre la derecha. Pone de relieve que los liberales jacobinos, enumerando sus actuaciones, fueron autores de la enorme mayoría de los golpes de Estado. Con la derrota carlista en 1840, la derecha y con ella un gran sector de la población, quedó marginada para el resto del siglo. Los liberales eran minoritarios frente a los carlistas. Lo reconoció, el exaltado liberal Evaristo San Miguel: "Nosotros somos un ejercito; ellos un pueblo". En el enfrentamiento subsiguiente, afirma Moa, el ejército venció al pueblo.

Hoy el bloque del pensamiento único presenta el mito de una república tolerante, democrática, idílica, una especie de Suiza, armoniosa con discusiones civilizadas, ciudadanos cultos. Frente a esa Arcadia feliz, un grupo de generales malvados, políticos, eclesiásticos cerriles y fascistas asesinos, de repente se levantan contra ese estado de cosas, profiriendo "vamos a aplastar al pueblo".

Moa, con esa serenidad y rigor que constituyen sus cualidades esenciales, señala la inevitabilidad de la guerra civil, buscada por la izquierda para aplastar definitivamente a la derecha. Y ésta, que viendo la inutilidad de las soluciones posibilistas, y a pesar de su habitual prudencia miedosa y propensa al pactismo, salvo excepciones como el bloque nacional, el carlismo y falangista -aunque se consideraron ciertamente derechas-, comprende que se dilucida su propia existencia.

En esa imparcialidad se muestra Moa escéptico ante un posible golpe de estado comunista; simplemente era algo que no necesitaba una acción violenta. Nada más que la aceleración en la intensidad de los hechos cotidianos, destinada a la implantación de forma más radical de un estado similar al PRI mejicano, con una oposición meramente testimonial. Esto por parte de los republicanos de izquierda, pero insuficiente en la mentalidad imitadora del marxismo-leninismo soviético, del ala dura del partido socialista y del partido comunista.

Pone también Moa de relieve, al tratar de la guerra civil, la tardía incorporación de Franco a la conspiración, deseando hasta el último momento no embarcarse en aventuras similares a la de agosto 1932. Y cuando lo hace es significativo que a pesar de no ocupar un primerísimo puesto en los primeros meses, subyace en los lideres republicanos ya la idea de quién era el verdadero jefe del alzamiento. El 18 de julio, ni Franco en un lado, ni el partido comunista en el otro, señala Moa, eran las primeras figuras, pero sí lo son después, y de qué forma, los más señalados interpretes.

El libro está sumamente actualizado, tratando irónicamente el trabajo panfletrario sobre Franco del coronel Blanco Escolá en varios aspectos, como el pretendido error de Franco al liberar el Alcázar de Toledo y no atacar Madrid. Pues si el general ferrolano era un zote, ¿quién esperaría que conquistase Madrid aunque se lo sirviesen en bandeja? Explica Moa.

Las características básicas del libro son concisión, sencillez del relato, objetividad, rigor del análisis. Y la inmisericorde destrucción de tópicos y falacias. Después de leer a Moa, incluso entre los más forzados aduladores ha de asomar con fuerza la duda hacia la actuación de Azaña, y su pretendida "moderación". También a la inevitabilidad de la guerra civil. El control total por parte de la Unión Soviética de la zona llamada republicana. El asepticismo sobre Franco que a través del análisis desapasionado conduce a exponer cómo las diatribas de alguno de sus detractores no sólo están inspiradas por el odio más feroz, sino que caen en el ridículo total.

La figura de Preston creemos que queda definitivamente tocada, no sobre la base de subjetivismos o a críticas, sino sencillamente exponiendo el cúmulo de disparates, necedades, y manipulación. El concepto hoy día obligado, no sólo en la izquierda sino en parte de esa derecha avergonzada y acomplejada, de la república idílica, queda deshecho.

La documentación y el estudio son abrumadores. La capacidad de síntesis asombrosa en la conjunción de ese rigor y extensión. A partir de ahora, "El derrumbe de la república y la guerra civil" será, incluso para los seguidores del pensamiento único, una obra de referencia forzosa sobre la segunda república y la guerra. Posiblemente una obra de referencia.